El Pacífico sudoccidental continuó calentándose y acidificándose durante 2025, con consecuencias ambientales, económicas y sociales que reclaman mejores sistemas de observación, alerta temprana y respuesta. El diagnóstico surge del informe Estado del clima en el Pacífico Suroeste 2025, presentado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) el 7 de julio de 2026 en Singapur.
La región atravesó el segundo año más cálido desde que existen registros, solo detrás de 2024. La temperatura media anual de la superficie terrestre y oceánica se ubicó aproximadamente 0,37 °C por encima del promedio de 1991-2020, aunque La Niña produjo un enfriamiento temporal de la superficie marina en algunas zonas.
El balance oceánico fue especialmente preocupante. Casi toda la región registró mínimos históricos del pH superficial, señal de una acidificación extendida, mientras el calentamiento y la desoxigenación afectaron hábitats y biodiversidad. También se observaron contenidos récord de calor en los primeros 700 metros del océano al sur de Australia y del mar de Tasmania, además de otras áreas del Pacífico.
Las olas de calor marinas alcanzaron casi toda la superficie oceánica regional. Aunque su extensión fue menor que en 2024, resultó la más amplia registrada durante un año sin El Niño. Sus efectos incluyeron blanqueamiento de corales, muerte de peces, alteraciones en la acuicultura, mortalidad de bosques de algas, desplazamientos de especies y floraciones de algas nocivas.
Estos procesos afectan directamente la pesca y otros medios de vida de los que dependen millones de personas. Al mismo tiempo, el aumento del nivel del mar eleva la exposición de comunidades costeras y naciones insulares, y el calor intensifica riesgos que alcanzan los sistemas alimentarios, la salud pública, la infraestructura y las economías locales.
El informe también advirtió que persisten carencias de coordinación y capacidad. Los servicios de predicción de olas de calor marinas pueden ofrecer semanas o meses de anticipación, pero su utilidad depende de alertas oportunas, mensajes confiables y mecanismos capaces de alcanzar a las poblaciones más vulnerables y de traducir la información en decisiones.
Desde una perspectiva de desarrollo humano sostenible, el desafío no consiste solo en registrar el deterioro del océano, sino en convertir los datos en prevención y capacidad de acción. Fortalecer el monitoreo, la cooperación científica, la preparación institucional y la llegada territorial de las alertas permite proteger ecosistemas y, al mismo tiempo, sostener comunidades, actividades productivas e infraestructura frente a riesgos crecientes.