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Las plantas se calentarán más que el aire y podrían absorber menos carbono

Un estudio liderado por la Universidad de Arizona proyecta que la temperatura del dosel aumentará alrededor de 0,11 °C más que la del aire hacia fines de siglo. La diferencia puede reducir fotosíntesis y transpiración, alterar lluvias y acelerar el calentamiento si los modelos no incorporan el calor real de las hojas.

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Las hojas y los doseles vegetales se calentarán más rápido que el aire que los rodea a medida que avance el cambio climático, según una investigación liderada por la Universidad de Arizona. El estudio, publicado en Nature Communications, advierte que muchos modelos usan la temperatura del aire como aproximación del estrés térmico de las plantas y, por esa razón, pueden subestimar sus efectos sobre ecosistemas y ciclo del carbono.

Las proyecciones indican que hacia 2085-2099 la diferencia entre la temperatura del dosel y la del aire crecerá unos 0,11 °C, equivalente a un aumento del 16% en esa brecha. La cifra parece pequeña, pero actúa directamente sobre procesos sensibles a umbrales térmicos, como fotosíntesis, respiración y transpiración. La temperatura de la superficie vegetal, no solo la del aire, determina cuándo esos mecanismos pierden eficiencia.

Las hojas reciben radiación solar y pueden estar bastante más calientes que el ambiente, del mismo modo que una superficie expuesta se calienta más que el aire. Las plantas regulan parte de ese calor mediante la transpiración: llevan agua a las hojas, donde se evapora y produce enfriamiento. Cuando el aire está demasiado caliente y seco, la pérdida de agua puede superar la reposición desde el suelo.

Ante ese déficit, muchas plantas cierran sus estomas y reducen fotosíntesis y transpiración para conservar agua. La respuesta limita la entrada de dióxido de carbono y elimina el enfriamiento evaporativo, por lo que la hoja se calienta todavía más. Al mismo tiempo, al evaporarse menos agua, el aire cercano se vuelve más seco, creando una retroalimentación entre calor, aridez y menor actividad vegetal.

Las mayores diferencias proyectadas aparecen en regiones que se volverán más secas, pero los trópicos también preocupan. Muchas especies tropicales evolucionaron bajo variaciones térmicas relativamente estrechas y pueden ser sensibles a cambios modestos. Una pérdida de productividad o un aumento de mortalidad modificaría distribución de vegetación, hábitats y la capacidad de los bosques para retirar CO2 de la atmósfera.

El efecto no termina en el carbono. El vapor liberado por la vegetación contribuye a nubes y precipitaciones; si las plantas reducen la transpiración, puede cambiar la humedad atmosférica y, con ella, el régimen de lluvias y la radiación que llega al suelo. Menos fotosíntesis deja más CO2 en el aire, mientras menos vapor puede alterar el clima regional, dos vías capaces de reforzar el calentamiento.

Los investigadores proponen incorporar la temperatura del dosel de manera explícita en los modelos del sistema terrestre y en las evaluaciones de adaptación. Para hacerlo se necesitarán mejores observaciones de superficie, sensores remotos y mediciones en distintos ecosistemas. Ajustar los modelos no evita el impacto, pero permite estimar con mayor precisión qué bosques, cultivos y regiones enfrentarán primero los límites fisiológicos del calor.