El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente reconoció al proyecto de restauración del bosque Desa’a, en el norte de Etiopía, como World Restoration Flagship durante la COP17 de biodiversidad. La distinción del 29 de octubre pone en primer plano un ecosistema afromontano gravemente degradado y el trabajo comunitario que continuó pese a la guerra de Tigray. No certifica que el bosque esté recuperado ni elimina los riesgos actuales.
Cuando la iniciativa comenzó en 2016, se estimaba que 74% del bosque original ya había desaparecido; hoy, alrededor de 70% de lo que queda se considera degradado. La expansión agrícola, el pastoreo y el uso de madera para energía erosionaron suelos y redujeron cobertura. El daño afecta agua, combustible y alimento para el ganado, mientras la menor fertilidad empuja a cultivar tierras más fragiles.
WeForest informa que más de 23.000 hectáreas están bajo restauración. Sus cálculos atribuyen al proyecto unas 500.000 toneladas de suelo cuya erosión se habría evitado y la captación anual de 1,9 millones de metros cúbicos de lluvia. Investigaciones con la Universidad de Mekelle registraron desde 2019 una mejora de 26% en infiltración, frente a una caída de 40% en áreas degradadas comparables.
Esas cifras describen resultados medidos o estimados por los socios del programa y requieren series públicas, metodologias transparentes y seguimiento independiente. Restaurar no equivale solo a plantar: incluye recuperar suelo, ampliar vegetación y sostenerla frente a sequía, ganado y extracción. La supervivencia de árboles, la calidad del agua, la biodiversidad y el ingreso local mostraran si el cambio perdura.
El componente social es central. Cerca de 56% de la población regional viviría con menos de dos dólares diarios, por lo que cerrar el acceso al bosque sin alternativas trasladaría el costo a familias vulnerables. El proyecto incorporo empleo, consultas y apicultura, una actividad que usa menos tierra y trabajo que la agricultura. También protege antiguos bosques de iglesias, patrimonio cultural y religioso de Tigray.
La guerra alteró esa trayectoria. Entre 2020 y 2022, ataques, cortes de comunicaciones, escasez de combustible y mercados paralizados obligaron a trabajar en grupos pequeños y cambiar ubicaciones. El acuerdo de Pretoria abrió una paz frágil, pero nuevos combates reportados a fines de septiembre de 2026 amenazan nuevamente a comunidades, personal, monitoreo e infraestructura.
El reconocimiento puede atraer financiamiento y proteger continuidad institucional, aunque no reemplaza seguridad ni rendición de cuentas. WeForest estudia vender créditos por una captura potencial de seis millones de toneladas de CO2 equivalente en cincuenta años; esa proyección no es carbono ya almacenado. Para consolidar Desa’a se necesitan paz, derechos comunitarios, verificación de resultados y beneficios distribuidos antes de monetizar promesas futuras.