La 31ª Conferencia de las Partes de la Convención Climática de la ONU comenzará en Antalya, Turquía, en un año marcado por olas de calor, inundaciones, incendios y nuevas tensiones energéticas. La reunión abre con discursos de jefes de Estado y después entra en negociación. Su prueba no será el volumen de declaraciones, sino la aplicación de acuerdos que ya existen.
La temperatura global se sitúa alrededor de 1,4 °C por encima del nivel preindustrial y, aun si los países cumplen sus compromisos actuales, Naciones Unidas proyecta cerca de 2,6 °C hacia fin de siglo. La diferencia no es abstracta: eleva la frecuencia y severidad de extremos y aumenta el riesgo de puntos de inflexión, desde corrientes oceánicas hasta la Amazonia.
El centro político vuelve a ser la transición para abandonar los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas siguen cubriendo demanda creciente al mismo tiempo que se instalan cantidades récord de energía solar y eólica. Esa expansión paralela no reduce emisiones con suficiente rapidez. Brasil presentó una hoja de ruta voluntaria y la ONU calcula subsidios fósiles globales por US$1,1 billones este año.
Turquía impulsa una meta complementaria: elevar la participación de la electricidad en el consumo mundial de energía de 21% a 35% para 2035, preferentemente con fuentes renovables. Electrificar transporte, edificios e industria puede desplazar combustibles, pero sólo si la red se descarboniza, se amplía con rapidez y el acceso no deja afuera a países o familias con menos recursos.
El financiamiento seguirá trabado. Los países en desarrollo reclaman recursos para energía limpia, adaptación y pérdidas y daños, mientras Estados Unidos —mayor emisor histórico— no estará en la mesa. Su ausencia reduce una fuente potencial de fondos y liderazgo, pero no cancela las obligaciones de los demás. Bancos multilaterales, países ricos y grandes economías emergentes deberán mostrar cifras verificables y no sólo nuevas promesas.
La geopolítica endurece la discusión. La guerra de Ucrania ya había alterado mercados; este año, ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz dispararon precios y volvieron a poner la seguridad energética en primer plano. Esas crisis pueden acelerar renovables domésticas o justificar nueva infraestructura fósil, decisiones con efectos que duran décadas.
La esperanza tiene bases materiales: solar, eólica y vehículos eléctricos son más baratos y crecen con rapidez. Pero la COP31 sólo podrá considerarse un avance si fija mecanismos de implementación, plazos, responsables, financiamiento adicional y seguimiento público. Las iniciativas laterales entre grupos de países pueden avanzar sin unanimidad; aun así, deben sumar reducciones reales y no servir para eludir la decisión sobre combustibles fósiles.