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Guayaquil se inunda por segunda vez en una semana tras una tormenta

Al menos 83 sectores acumularon agua, con cortes eléctricos y demoras aeroportuarias. El Niño favorece lluvias en la costa, pero marea, caudales, descargas y drenaje urbano conformaron un riesgo compuesto.

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Guayaquil volvió a inundarse el 1 de noviembre por segunda vez en una semana tras una tormenta eléctrica intensa. El Municipio reportó acumulación de agua o anegamientos en al menos 83 sectores, mientras miles de personas caminaron con agua hasta las rodillas. Hubo cortes de electricidad, vehículos detenidos y afectación de servicios, una repetición que expone la vulnerabilidad urbana más allá del caracter excepcional de la lluvia.

La geografía agravó el episodio. La ciudad está junto al río Guayas y recibe la influencia de mareas que dificultan el drenaje cuando coinciden con precipitaciones. Las autoridades preveían una pleamar de 3,71 metros cerca de la medianoche, capaz de favorecer el desborde de canales. Esa superposición reduce la velocidad con que calles y conductos pueden descargar el agua acumulada.

También intervino la cuenca aguas arriba. Desde el sábado se realizaban descargas controladas del embalse Daule-Peripa, el mayor del país, por el aumentó de su nivel. El aporte se suma al caudal del río Daule, afluente del Guayas. Una descarga preventiva no equivale por sí misma a causa de la inundación, pero necesita coordinación pública con lluvia, caudales, mareas y capacidad de canales aguas abajo.

INAMHI había emitido alerta máxima para el Golfo de Guayaquil, donde las lluvias de la costa ecuatoriana se concentraron con mayor intensidad. La tormenta produjo a las 21:12 un rayo medido en 113.000 amperios en el norte de la ciudad; un rayo habitual se ubica entre 20.000 y 30.000 amperios. El dato describe actividad eléctrica extraordinaria, no el volumen total de lluvia ni el daño por sí solo.

El aeropuerto José Joaquín de Olmedo registró demoras en salidas y desvío vuelos que estaban por arribar. La electricidad interrumpida y las calles anegadas afectaron movilidad, comercio y acceso a servicios. Un balance robusto debe separar personas expuestas, viviendas dañadas, rescates y pérdidas económicas; “miles con agua” no permite inferir automáticamente miles de hogares destruidos.

El calentamiento del Pacífico oriental asociado a El Niño eleva la probabilidad de lluvias torrenciales en la costa de Ecuador y norte de Perú. La fuente situaba esa zona oceánica alrededor de 5 °C sobre el promedio y calificaba el episodio como extraordinario. Aun así, atribuir cada calle inundada solo a El Niño ocultaría el papel de drenajes, ocupación del suelo, mantenimiento, marea y operación hídrica.

La respuesta debe tratar el evento como riesgo compuesto. Alertas por barrio, limpieza de canales, bombas, refugios, continuidad eléctrica y protocolos aeroportuarios deben sincronizarse con pronósticos de lluvia, pleamar y embalses. Mapear tiempos de desagote y puntos de rescate después de cada tormenta permitira saber si las obras reducen vulnerabilidad antes del siguiente episodio, en lugar de limitar la gestión a reaccionar cuando el agua ya ingreso.