La restauración de ecosistemas dejó de ser una aspiración ambiental general para convertirse en una necesidad estratégica frente a la degradación de tierras, la escasez de agua, la inseguridad alimentaria y el aumento de riesgos climáticos. En el punto medio de la Década de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas, una pregunta se vuelve central: si las acciones en marcha están suficientemente guiadas por evidencia útil para tomar decisiones.
Un análisis difundido por Forests News y vinculado al trabajo de CIFOR-ICRAF plantea que la evidencia debe estar presente en todas las etapas de la restauración: diagnóstico, diseño, implementación, monitoreo, aprendizaje y ajuste. No alcanza con medir árboles plantados o hectáreas intervenidas; también hace falta entender si las acciones mejoran suelos, agua, biodiversidad, medios de vida, ingresos, nutrición, acceso a mercados y capacidades locales.
La primera recomendación es fortalecer la gestión adaptativa. Restaurar no es ejecutar una receta fija, sino aprender en el territorio y ajustar decisiones con datos. En experiencias como Regreening Africa, las misiones conjuntas de reflexión y aprendizaje permitieron reunir conocimiento comunitario, experiencia de socios y evidencia científica para modificar prácticas, incorporar especies nativas en viveros o responder a datos sobre salud del suelo.
La segunda línea consiste en ampliar la base de evidencia. Los indicadores biofísicos, como especies, cobertura vegetal, calidad de suelo o diversidad de fauna, deben dialogar con indicadores sociales y económicos. La restauración fracasa cuando se la separa de quienes usan, cuidan o dependen del paisaje. Por eso también deben considerarse saberes indígenas, conocimientos locales y experiencia práctica de quienes trabajan en campo.
El análisis también señala responsabilidades de donantes e inversores. Muchos proyectos se diseñan con plazos cortos y marcos rígidos, mientras que la restauración requiere tiempos largos, seguimiento sostenido y capacidad de adaptación. Los financiadores pueden mejorar el impacto si permiten ajustes durante la implementación, sostienen monitoreos de largo plazo y reconocen que aprender también forma parte del resultado.
Otra recomendación es fortalecer plataformas multiactor capaces de discutir evidencia localmente relevante. Gobiernos, comunidades, investigadores, productores, organizaciones sociales y cooperantes necesitan espacios seguros para compartir datos, debatir obstáculos y construir soluciones. La restauración no depende solo de información técnica, sino de confianza, facilitación, acuerdos y capacidades de coordinación.
Para Fundación Argentina ASE, esta agenda dialoga con una idea central: ambiente, producción y desarrollo territorial deben ordenarse con información, instituciones y participación. En países australes, sudamericanos y emergentes, restaurar ecosistemas puede mejorar resiliencia climática, empleo, agua, biodiversidad y arraigo, siempre que las intervenciones no sean cosméticas ni se impongan sin leer la realidad local.
El desafío para la segunda mitad de la década es pasar de proyectos aislados a sistemas de aprendizaje. Eso implica invertir en capacidades para recopilar, analizar e interpretar datos; institucionalizar una cultura de evidencia; y diseñar políticas públicas que puedan corregir rumbo. Restaurar ecosistemas no es volver mecánicamente al pasado: es construir paisajes más sanos, productivos y resilientes con conocimiento compartido.