El Niño podría alcanzar su máxima intensidad entre octubre y diciembre de 2026, justo al final de la estación seca amazónica. Esa coincidencia es especialmente riesgosa: los ríos suelen estar en sus niveles mínimos y el sotobosque acumula material capaz de arder. El pronóstico exige preparación, pero no confirma de antemano la magnitud de la sequía ni de los incendios.
La agencia meteorológica brasileña prevé que el episodio fuerte retrase el comienzo de las lluvias, eleve temperaturas, reduzca caudales y agrave el peligro de fuego. La Amazonia no sólo conserva biodiversidad y carbono; su evapotranspiración alimenta los llamados ríos voladores, que transportan humedad hacia zonas agrícolas de Sudamérica. Una alteración prolongada puede repercutir mucho más allá del bosque.
El riesgo climático llega sobre un ecosistema que todavía no se repuso del El Niño de 2023-2024. Entonces, grandes ríos tocaron mínimos históricos, se multiplicaron los focos de incendio y murieron delfines y peces. El calentamiento causado por combustibles fósiles y deforestación eleva además la temperatura de base sobre la que opera la variabilidad natural del Pacífico.
Cerca de un tercio de la Amazonia está degradado por agricultura, minería y perturbación climática, según el análisis citado. Los bordes fragmentados y bosques dañados retienen menos humedad y son más inflamables. Incendios repetidos pueden matar árboles, liberar carbono y facilitar nuevos fuegos, un círculo que aumenta el temor a transiciones ecológicas difíciles de revertir.
Brasil reforzó vigilancia satelital, fiscalización y capacidad de combate. En 2025, el área quemada amazónica cayó a su nivel más bajo desde el comienzo de la serie en 1985, una mejora relevante. Sin embargo, un año favorable no alcanza para recuperar suelos, árboles y comunidades afectados; la nueva temporada pone a prueba si los recursos están disponibles también en zonas remotas.
Pueblos indígenas organizan brigadas propias, mientras poblaciones ribereñas y productores revisan abastecimiento, transporte y agua. Cuando los ríos bajan, comunidades pueden quedar aisladas y perder acceso a alimentos o salud. La señal tampoco es uniforme: el norte amazónico enfrenta mayor probabilidad de sequía, mientras el sur de Brasil puede recibir lluvias por encima de lo normal.
Los especialistas recomiendan mantener la alerta al menos hasta marzo de 2027 por el desfase entre el calentamiento del Pacífico y sus efectos continentales. La respuesta inmediata incluye brigadas, alimentos, salud, navegación y prohibición efectiva del fuego; la estructural exige frenar desmontes y emisiones. El balance deberá medir caudales, humedad, incendios, mortalidad de fauna y protección real de comunidades.