Australia puso en marcha una instalación que permite observar una de las rutas más concretas para descarbonizar actividades industriales difíciles de electrificar. La planta Myrtle, desarrollada por MCi Carbon en la isla Kooragang de Newcastle, captura dióxido de carbono de una instalación química vecina de Orica y lo convierte en materiales con uso comercial.
El proyecto opera sobre una idea clave: algunas emisiones industriales no provienen solo del consumo de energía, sino de reacciones químicas propias del proceso productivo. En sectores como cemento, acero, minería, química y materiales, reducir carbono exige algo más que cambiar combustibles o electrificar equipos. También hacen falta tecnologías capaces de capturar, transformar o almacenar emisiones inevitables.
Myrtle tiene una capacidad inicial de hasta 2.500 toneladas de CO2 capturadas por año y una producción estimada de unas 10.000 toneladas de materiales. No captura carbono directamente del aire, sino de una fuente puntual: el proceso industrial de fabricación de amoníaco de Orica. Esa integración permite convertir un residuo gaseoso de una planta en insumo para otra cadena productiva.
La tecnología utilizada es la carbonatación mineral. El CO2 capturado se combina con materiales alcalinos ricos en magnesio y calcio, incluidos subproductos industriales como escorias y relaves mineros. La reacción produce compuestos estables, como carbonato de magnesio precipitado, carbonato de calcio y sílice amorfa, que pueden incorporarse a distintos procesos industriales.
Las aplicaciones posibles son relevantes para la economía real. El carbonato de calcio puede usarse en hormigón bajo en carbono, papel y vidrio; el carbonato de magnesio tiene usos en pinturas y adhesivos; y la sílice puede aplicarse en plásticos y recubrimientos. En todos los casos, el objetivo es que el carbono quede fijado en materiales estables, en lugar de volver a la atmósfera.
La escala todavía es pequeña frente al volumen global de emisiones industriales, pero el valor del proyecto está en demostrar integración. Captura de carbono, aprovechamiento de residuos minerales, fabricación de insumos y demanda industrial se conectan en un mismo modelo. Si se replica en plantas donde coincidan CO2 concentrado y residuos alcalinos disponibles, la captura puede dejar de verse solo como costo y empezar a funcionar como cadena de valor.
El desarrollo recibió respaldo público australiano y financiamiento privado internacional, incluidos aportes de grupos japoneses. Ese dato también importa: las tecnologías climáticas industriales requieren capital paciente, regulación estable, compradores dispuestos a pagar por materiales de menor huella y mecanismos de verificación que demuestren cuánto carbono queda efectivamente fijado.
Para Fundación Argentina ASE, la experiencia australiana muestra que la agenda ambiental no se limita a prohibir o compensar. También implica rediseñar procesos productivos, aprovechar residuos, generar materiales nuevos y construir capacidades tecnológicas. En países con minería, cemento, energía, química e infraestructura, la descarbonización debe pensarse como una política industrial de desarrollo humano sostenible.