El Niño está alterando lluvias y temperaturas del Pacífico con efectos directos sobre los sistemas alimentarios latinoamericanos. Un reportaje de Mongabay reúne riesgos para la agricultura colombiana, la pesca ribereña mexicana y comunidades vilelas del norte argentino. El resultado común es menos previsibilidad para producir, recolectar y capturar alimentos, con posibilidad de menor oferta y precios más altos, pero con impactos muy distintos según territorio e ingresos.
En Colombia, un mapeo de la Red por la Defensa de la Reforma Agraria estima que 8,46 millones de toneladas, cerca del 30 % de la producción nacional de alimentos, quedarían expuestas. El cálculo combina pronósticos oficiales de lluvia, evaluaciones agropecuarias municipales y calendarios de siembra de la UPRA. Incluye cadenas básicas como maíz, plátano, papa, arroz, yuca, frijol y aguacate.
El análisis distingue entre semillas que no germinan o cuya siembra se posterga por suelo seco, con riesgo entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, y plantas que nacen pero rinden menos por falta de agua, entre octubre de 2026 y agosto de 2027. El impacto máximo sobre las cosechas se proyecta entre febrero y mayo. Son escenarios de exposición: no equivalen a afirmar que las 8,46 millones de toneladas ya se perdieron.
La incertidumbre también alcanza a la pesca mexicana. Más de 333.630 personas dependen directamente de la actividad y más de dos millones participan en su cadena de valor. El calentamiento anómalo modifica surgencias ricas en nutrientes y desplaza peces hacia aguas más profundas o frías; moluscos y ostras, que no pueden migrar del mismo modo, afrontan estrés térmico y menor productividad.
En el Pacífico mexicano, pescadores reportan menor presencia de huachinango o pargo rojo en áreas de Oaxaca. Cambios bruscos del tiempo elevan además el riesgo para embarcaciones pequeñas. El Niño no elimina por igual todas las especies ni permite atribuir cada baja de captura a una sola causa: sobrepesca, degradación costera, combustible, infraestructura y acceso a información también definen la vulnerabilidad.
En Santiago del Estero, comunidades del pueblo vilela ya describen lluvias, granizo e inundaciones que afectaron huertas, recolección de algarroba y animales de cría. Algunas familias no pudieron regresar a zonas de bañados y perdieron cabras, vacas, ovejas y caballos. La deforestación para monocultivos reduce barreras naturales y agrava una exposición que combina clima, pérdida de monte y menor acceso a fondos de emergencia.
La respuesta necesita anticipación diferenciada: semillas y calendarios adaptados, agua y seguros para agricultores, pronósticos y planes pesqueros construidos con comunidades, protección social y fondos de emergencia accesibles. También requiere conservar bosques, humedales y costas que amortiguan extremos. La advertencia no es una cifra única de hambre futura, sino una cadena de riesgos que puede mitigarse si la información llega a tiempo y las decisiones incluyen a quienes producen los alimentos.