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El pueblo Xokleng restaura la araucaria para recuperar bosque, alimentos y memoria

En la Tierra Indígena Ibirama-La Klãnõ, en Santa Catarina, el Instituto Zág impulsa la recuperación de una especie críticamente amenazada y sagrada para el pueblo Laklãnõ/Xokleng. El trabajo comunitario ya abarca 1.000 hectáreas y enlaza restauración ecológica, soberanía alimentaria y continuidad cultural.

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El pueblo Laklãnõ/Xokleng está recuperando la araucaria brasileña en áreas degradadas de la Tierra Indígena Ibirama-La Klãnõ, en el estado de Santa Catarina. La especie, Araucaria angustifolia, es propia del Bosque Atlántico del sur y sudeste de Brasil y forma parte de un linaje vegetal de unos 200 millones de años. Para la comunidad no es solo un árbol amenazado: es zág, una presencia central en su origen, su lengua y su identidad.

La expansión urbana, la deforestación y décadas de explotación maderera redujeron los bosques de araucaria a menos del 3% de su distribución original. Esa pérdida también restringió la disponibilidad del piñón, semilla nutritiva que integra la alimentación Xokleng y los ciclos comunitarios. Restaurar el árbol significa, por lo tanto, recomponer hábitat, fuentes de agua y alimento, además de devolver espacio material a prácticas culturales.

El Instituto Zág nació en 2017 por iniciativa de Carl Gakran. El trabajo comenzó con diez plantines cerca de su casa y se convirtió en un programa comunitario de producción y plantación. La organización ya produjo más de 140.000 ejemplares y llevó la restauración a unas 1.000 hectáreas, donde cerca de 100.000 araucarias fueron establecidas en sectores degradados y alrededor de nacientes.

Los seguimientos registran tasas de supervivencia de entre 70% y 80%, un resultado que permite ajustar selección de sitios, cuidado y reposición. Entre 30 y 40 voluntarios de distintas aldeas participan regularmente, y escuelas y familias colaboran en viveros y jornadas de plantación. La inclusión de mujeres en decisiones, talleres y tareas de campo busca que el proyecto distribuya capacidades y no se limite a una intervención forestal externa.

La recuperación de la araucaria fortalece la soberanía alimentaria porque restablece el acceso futuro a sus semillas y preserva conocimientos sobre recolección y uso responsable. También abre posibilidades de ingresos compatibles con el bosque, como alimentos derivados del piñón, sistemas agroforestales y etnoturismo. Esas actividades todavía requieren organización y financiamiento, pero ofrecen una vía para sostener la restauración sin depender indefinidamente de donaciones.

El instituto planea ampliar sus viveros a otras especies del Bosque Atlántico, entre ellas sassafrás, imbuia y un helecho empleado en una bebida tradicional Xokleng. También busca incorporar drones, herramientas de inteligencia artificial y sistemas de información para seguir la supervivencia de los árboles y vigilar presiones como tala y minería ilegales. La tecnología se plantea como apoyo al control territorial, no como sustituto del conocimiento comunitario.

El próximo desafío es consolidar financiamiento de largo plazo, ampliar el monitoreo y convertir los primeros resultados en un paisaje forestal funcional. La experiencia muestra que la restauración puede recuperar simultáneamente biodiversidad, agua, alimentos y memoria cuando la comunidad define las prioridades. Cada araucaria que prospera refuerza un vínculo cultural vivo y una capacidad local para cuidar el territorio a través de generaciones.