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La carrera por las tierras raras de Brasil acelera inversiones y riesgos ambientales

Brasil acumuló 2.727 solicitudes de exploración de tierras raras y el 42% tiene capital extranjero. Al menos una cuarta parte se superpone o queda cerca de 283 áreas protegidas y territorios indígenas, mientras el país debate licencias, procesamiento local y soberanía mineral.

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Brasil se convirtió en uno de los principales destinos de la carrera internacional por las tierras raras, minerales esenciales para imanes, electrónica, vehículos eléctricos, turbinas eólicas y sistemas de defensa. Un análisis de Associated Press y Repórter Brasil contabilizó 2.727 solicitudes de exploración registradas ante la Agencia Nacional de Minería hasta junio. El país estima 21 millones de toneladas de reservas, segundo volumen mundial detrás de China.

La aceleración es reciente: más del 86% de las solicitudes se presentó en los últimos tres años y 268 ingresaron durante el primer semestre de 2026. El 42% corresponde a filiales de grupos mineros extranjeros o empresas con participación foránea, y once de las veinte compañías con más pedidos reciben capital externo. Australia encabeza con 695 solicitudes; las firmas estadounidenses suman 347 y Alpha Minerals Brazil concentra 181.

La demanda industrial explica el interés. La Agencia Internacional de Energía estimó que el consumo de tierras raras podría al menos triplicarse hacia 2040, mientras China restringió exportaciones y mantiene el dominio del procesamiento. Estados Unidos respondió con apoyo público: Serra Verde, único productor comercial de Brasil, obtuvo US$565 millones de financiamiento y fue adquirida por USA Rare Earth en una operación de unos US$2.800 millones vinculada a hasta US$1.600 millones de respaldo federal.

El mapa de solicitudes plantea un conflicto ambiental. Al menos 25% se superpone o se ubica a menos de diez kilómetros de 283 áreas protegidas y territorios indígenas. Según el mineral y el proceso, la extracción y separación pueden liberar sustancias tóxicas, producir residuos radiactivos, desmontar vegetación, generar polvo y ruido y contaminar aguas. La proximidad también importa porque ríos, acuíferos, fauna y caminos no respetan el límite formal de una concesión.

Una solicitud no equivale a una mina. Pasar de exploración a producción suele demorar entre cinco y diez años, exige estudios técnicos, plan minero, licenciamiento ambiental y consulta cuando hay territorios indígenas afectados; muy pocos prospectos resultan comercialmente viables. Esa diferencia evita exagerar una ocupación inmediata, pero también define la ventana para ordenar el territorio y evaluar impactos acumulativos antes de que las inversiones vuelvan las decisiones más difíciles de revertir.

Las comunidades piden participar desde el inicio. En Goiás, reclamos de Aclara Resources coincidieron inicialmente con el territorio de unas treinta familias de la comunidad afrobrasileña Família Magalhães. La empresa asegura que no explotará dentro de la comunidad, pero los residentes temen efectos sobre manantiales y fauna. Acelerar permisos sin información independiente, consulta y garantías financieras puede trasladar a poblaciones locales el costo de una cadena presentada como verde.

Brasil también debate cómo capturar valor y soberanía. Un proyecto legislativo propone prioridades federales, un consejo nacional, vigilancia de la influencia extranjera y transferencia tecnológica para procesar minerales en el país; China no tenía solicitudes directas hasta junio, aunque avanzó mediante adquisiciones y alianzas. El éxito no debe medirse solo en permisos o exportaciones, sino en procesamiento local, empleo, agua, residuos, restauración, consulta y exclusión efectiva de zonas irremplazables.