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Halos cáusticos revelan residuos persistentes en barriles frente a California

Una investigación de Scripps identificó sedimentos con pH cercano a 12 y brucita alrededor de objetos tipo barril entre Palos Verdes y Santa Catalina. El hallazgo confirma contaminación química alcalina persistente, mientras su alcance ecológico y cualquier riesgo para la cadena alimentaria aún requieren estudio.

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Una investigación de la Scripps Institution of Oceanography detectó residuos altamente alcalinos alrededor de objetos tipo barril depositados en aguas profundas frente al sur de California. Los recipientes forman parte de un legado de vertidos realizados durante décadas y localizados entre la península de Palos Verdes y la isla de Santa Catalina mediante sonar y vehículos operados a distancia.

Entre la década de 1930 y los años setenta, al menos catorce áreas marinas fueron habilitadas para recibir materiales diversos, desde lodos de refinería hasta residuos radiactivos. La suspensión posterior de los permisos terminó con la práctica autorizada, pero no retiró lo acumulado. Los objetos permanecieron en el fondo y su composición individual sigue sin conocerse en la mayoría de los casos.

Los investigadores se concentraron en halos blancos visibles alrededor de algunos barriles. Como la región también arrastra contaminación por DDT, inicialmente se sospechó que esas marcas estaban vinculadas con ese compuesto. Los análisis iniciados en 2021 por un equipo encabezado por la microbióloga Johanna Gutleben encontraron otra explicación: desechos de alcalinidad extrema que alteraron químicamente el sedimento.

Las mediciones registraron un pH cercano a 12 alrededor de los recipientes, frente a un valor aproximado de 8 en el agua de mar. El ambiente cáustico restringe la vida local y sostiene comunidades microbianas poco diversas, adaptadas a condiciones extremas. El estudio mineralógico identificó brucita, un hidróxido de magnesio que se forma cuando el residuo alcalino reacciona con el magnesio del océano.

Esa reacción explica los halos y demuestra que la huella química persiste medio siglo después. Sin embargo, no autoriza a describir cada objeto como fuente comprobada de radiación: los antiguos vertederos recibieron mezclas distintas y el hallazgo presentado corresponde a contaminación alcalina. Distinguir ambos riesgos evita confundir la historia general de los sitios con lo efectivamente medido en los barriles estudiados.

Sólo se examinó una muestra reducida y aproximadamente un tercio de esos recipientes mostró halos. Por eso, la frecuencia real del residuo, su extensión sobre el fondo, los efectos en organismos mayores y cualquier transferencia hacia la cadena alimentaria permanecen abiertos. El trabajo, publicado en PNAS Nexus, aporta un mecanismo y una señal observable, pero no un inventario completo ni una evaluación definitiva del ecosistema.

Intervenir vertederos profundos plantea dificultades técnicas y ambientales, de modo que las acciones inmediatas se concentran en mapear, muestrear y vigilar. Los próximos pasos deberán comparar barriles con y sin halos, ampliar el análisis biológico y establecer qué materiales contiene cada foco. Esa evidencia será necesaria para decidir si corresponde aislar, retirar o mantener bajo monitoreo los residuos sin provocar una dispersión adicional.