Un estudio publicado en npj Climate Action examinó cómo se usan los servicios climáticos para soluciones basadas en la naturaleza en África subsahariana y qué necesidades nuevas declaran sus usuarios. El equipo realizó 530 entrevistas presenciales en siete sitios de Ghana, Kenia, Madagascar, Sudáfrica y Tanzania. Participaron comunidades, gobiernos, organismos públicos, ONG, empresas, instituciones de investigación y entidades intergubernamentales vinculadas con recursos naturales.
El 96% de las personas entrevistadas utilizaba o necesitaba servicios climáticos y el 78% combinaba uso actual con demanda de uno nuevo. Sin embargo, entre 39% y 53% de las prioridades declaradas como necesidades coincidía exactamente con usos ya conocidos, según el nivel de clasificación. Más de la mitad repitió como primera necesidad su principal uso actual. Eso sugiere que parte del reclamo no pide productos distintos, sino corregir herramientas existentes.
El tipo de actor no predijo de manera significativa la coincidencia entre uso y necesidad: el patrón atravesó comunidades, gobiernos, ONG, empresas y científicos. La ubicación sí influyó, con diferencias entre los siete casos que los datos ecológicos, climáticos y socioeconómicos disponibles no explicaron por completo. La historia local de acceso, intermediación, colaboración y confianza podría ser decisiva, aunque el estudio señala que esa hipótesis requiere más investigación.
Las fallas actuales son concretas. El 82% de quienes ya usaban servicios climáticos informó limitaciones y más del 60% pidió fortalecer la alfabetización climática. Las prioridades fueron mejorar acceso y puntualidad, integrar conocimientos indígenas y locales con ciencia, elegir canales adecuados, elevar credibilidad y desarrollar habilidades para interpretar pronósticos, incertidumbre y pertinencia para cada decisión sobre bosques, agua, agricultura o restauración.
Las brechas entre uso y necesidad sí revelaron demandas genuinamente nuevas. Aparecieron información integrada de riesgo que reúna variables meteorológicas, hidrológicas, ecológicas, sanitarias, sociales y económicas; escalas comunitarias y municipales; radio local, redes comunitarias, móviles, mensajería y aplicaciones; y formatos con ilustraciones, animaciones o video. También ganaron espacio amenazas menos cubiertas, como calor, fuego, deslizamientos, erosión y frío extremo.
Entre 81% y 91% de los encuestados consideró que un nuevo servicio debe combinar conocimiento indígena o local con ciencia para ser útil. Esa integración exige coproducción real: usuarios y productores deben definir juntos problemas, supuestos, formatos y evaluación, no limitarse a una consulta al final de un producto diseñado por expertos. El trabajo recomienda procesos iterativos, aprendizaje reflexivo y métodos participativos o basados en escenarios que permitan expresar necesidades aún desconocidas.
Los resultados no son un inventario representativo de todo el continente: la muestra fue intencional, concentrada en siete casos y las entrevistas estructuradas pueden anclar respuestas en opciones familiares. Su valor estratégico es otro: separar mejoras de servicios existentes de inversiones en productos nuevos. El éxito debe medirse por acceso oportuno, confianza, capacidad de interpretación, uso en decisiones, integración de saberes y resultados de adaptación, no por la cantidad de plataformas creadas.