Siete variedades tradicionales de trigo conservadas en Chile mostraron atributos útiles para producir bajo sequías severas. Un equipo de la Universidad de Chile las comparó con tres cultivares modernos durante dos años y en diez ambientes de las regiones Metropolitana y de Ñuble. Siete de esos escenarios estuvieron sometidos a sequía severa, lo que permitió observar respuestas bajo restricciones reales y no sólo en condiciones controladas.
Los materiales locales fueron Blanco, Cebolla, Chucho, Colorado, Furfuya, Legul y Milufen; el grupo moderno estuvo integrado por Kipa INIA, Onda y Pandora INIA. El estudio midió rendimiento, biomasa, estabilidad productiva y eficiencia en el uso del agua. La diversidad de localidades y temporadas permitió separar, al menos parcialmente, el efecto del genotipo de la variación ambiental.
El resultado no establece un ganador absoluto. Las variedades modernas registraron un mayor rendimiento medio de grano, una ventaja importante para la producción comercial. Los trigos tradicionales, en cambio, presentaron mayor biomasa, estabilidad del rendimiento y de la biomasa, y mejor eficiencia intrínseca en el uso del agua; rasgos valiosos cuando el ambiente se vuelve más restrictivo e imprevisible.
Furfuya sobresalió por combinar producción estable de biomasa, alta eficiencia hídrica y un ciclo de desarrollo semejante al de los materiales modernos. Las investigadoras la consideran una candidata para actuar como progenitor en programas de mejoramiento destinados a regiones mediterráneas con sequías intensas. Eso no significa que esté lista para reemplazar cultivares comerciales: antes requiere cruzamientos, selección y validaciones adicionales.
Las variedades locales también presentan costos agronómicos. En general producen menos grano y tienen mayor altura, lo que puede aumentar dificultades de manejo o riesgo de vuelco. Su valor estratégico reside en aportar genes y combinaciones adaptativas a nuevas variedades capaces de conciliar rendimiento, estabilidad, calidad y tolerancia al estrés, en vez de oponer semillas antiguas y modernas como alternativas excluyentes.
Estas semillas fueron seleccionadas y mantenidas durante generaciones por agricultores del secano interior del Valle del Itata. Algunas se usan para harina tostada, mote o café de trigo, y otras aportan paja para fabricar chupallas y artesanías. Conservarlas protege simultáneamente variabilidad genética, conocimiento campesino y patrimonio alimentario y cultural; un banco de germoplasma no sustituye por completo su cultivo vivo en los territorios.
Los próximos pasos deberían evaluar los materiales en más temporadas y suelos, verificar calidad panadera, sanidad, estabilidad heredable y desempeño económico, y desarrollar ensayos participativos con agricultores. El estudio identifica una fuente prometedora de adaptación, no una solución terminada. Convertirla en cultivos resilientes exigirá mejoramiento de largo plazo y políticas que mantengan las variedades tradicionales tanto en colecciones como en producción.