La formación rocosa Ínség-szikla, conocida como Piedra del Hambre, volvió a emerger en el Danubio a su paso por Budapest en agosto de 2026. Normalmente permanece sumergida y se vuelve visible cuando el río baja de manera marcada. Su aparición ofrece una señal histórica y fácilmente reconocible, pero la severidad de la sequía se determina con series de lluvia, humedad del suelo y caudal, no por la piedra aislada.
La crisis se gestó meses antes. Entre abril y julio, gran parte de la cuenca recibió precipitaciones muy inferiores al promedio de 1990-2025, mientras junio acumuló más jornadas por encima de 30 °C en varias zonas. El calor aceleró la pérdida de agua del suelo. Un febrero relativamente húmedo no evitó que la disponibilidad comenzara a caer desde marzo y que el déficit se extendiera durante la primavera.
El Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados siguió la humedad de los primeros 30 centímetros del suelo mediante su modelo hidrológico CWatM. En julio, grandes áreas de la cuenca presentaban escasez extrema; Austria, República Checa y Hungría figuraban entre las más afectadas. Para el conjunto del Danubio, 2026 fue el segundo año más seco de la serie iniciada en 1990 por humedad del suelo, detrás de 2003.
La señal hidrológica fue todavía más intensa. La modelización ubicó los caudales mínimos de julio de 2026 en el nivel más extremo desde 1990, por debajo incluso del episodio de 2003 en el Danubio y buena parte de sus afluentes. Imágenes Sentinel-2 tomadas en agosto, separadas por sólo cinco días, también mostraron el retroceso del agua. Los datos de estaciones y las reglas operativas locales deberán precisar la situación de cada tramo.
La cuenca alberga a más de 80 millones de personas y sostiene abastecimiento urbano, riego, industria, generación eléctrica, transporte de cargas y turismo. Los bajos niveles ya ocasionaron dificultades energéticas y de suministro, interrupciones en la navegación comercial y los cruceros e incluso el cierre de una central nuclear, según el balance citado. Menos calado obliga a reducir cargas y eleva costos en un corredor económico transfronterizo.
Los ecosistemas reciben una presión doble. El menor volumen reduce hábitats y conectividad, mientras el agua más caliente retiene menos oxígeno, aumentando el estrés sobre peces y otros organismos. En agricultura, la escasa humedad de la capa superficial afecta raíces y productividad. La competencia entre usos puede intensificarse si cada sector intenta preservar su funcionamiento sin una asignación coordinada a escala de cuenca.
El IIASA prevé incorporar los datos de agosto en una actualización durante septiembre. Hasta entonces, la piedra debe leerse como advertencia y no como balance final de la temporada. Caudales, reservas, temperatura y oxígeno disuelto, restricciones de navegación, producción energética y rendimiento agrícola mostrarán la evolución real; la capacidad de anticipar reglas de reparto y reducir demanda decidirá cuánto de la sequía física se convierte en crisis social y económica.